LOS CUENTOS DE MIS DOS HIJOS, cuento de la abuela María

Hubo una vez una mamá como la de ustedes, que tuvo dos hijos, y ahora es abuela que recuerda.

Nació el primero de sus hijos y creció. Diez años después de nacer el primero, la familia cambió de país, se fue a vivir lejos de todo lo que habían conocido. Enseguida de llegar nació la segunda.

Cuando esta abuela era una niña, y cuando el papá de sus hijos era también un niño, no había televisión, o apenas empezaba. Escuchaban cuentos por la radio, los dos, cada uno en su casa.

Yo tuve un disco con un cuento que todavía puedo repetir de memoria, con pelos y exclamaciones:

“Había una vez, en una lejana ciudad llamada Hamelín, muchas ratas y ratones que se comían el trigo...” Así comenzaba el cuento, y se llamaba El Flautista de Hamelín.

También tuve una muchas canciones infantiles, en unos disquitos de plástico transparentes y de colores, rondas tradicionales y otros de conjuntos de música infantil de esa época. Todos recorrieron el tiempo hasta cuando mi hijo pequeño pudo escucharlos hasta que cumplió cuatro años.

También tuve una colección de libros de cuentos que se llamaba El libro de oro de los niños, de tapas blancas, allí me leyeron los cuentos de Andersen, de los Hermanos Grimm, los cuentos de hadas, las fábulas. Me acuerdo que el primer librito que leí por mi propio ojo fue El patito feo.

Para mi los cuentos infantiles fueron muy importantes. También llegaban, cada tanto, a la ciudad en donde crecí, unas revistas a las que llamábamos Las revistas mexicanas. El pato Donald, por ejemplo, y La pequeña Lulú, o Superman.

Cuando mi hijo cumplió cuatro años la familia se fue a vivir a otro país, del otro lado de la gran cordillera. Mamá como era, tuve la impresión de que los cuentos tradicionales que había oído y leído en mi infancia eran bastante idiotas. De todos modos, se los leí o se los conté a mi hijo.

Por entonces aparecieron en ese país unos cuentos de la República Popular China. Era un país tan lejano, parecía estar en otro mundo, inalcanzable. Pero era un país del que se hablaba mucho, en el que sucedían hechos que por entonces se llamaban hechos revolucionarios, de cambios en la manera de vivir. Esos cuentos que venían de China tenían siempre una moraleja, una conclusión o una recomendación. Hablaban de la solidaridad, de cómo los humanos se ayudaban entre ellos; sobre la colaboración, de cómo en casi todos los trabajos cuando alguien tenía una dificultad podía contar con otros que le daban una mano, o de cómo se ayudaban cuando había desastres, lluvias grandes, terremotos, accidentes; o acerca de la honestidad, el valor de decir la verdad, de no quitarle a otro lo que a otro pertenecía. Esos cuentos traían escenas del jardín de niños, y la mamá que yo era pensó que eran justo para la edad de su hijo.

Se los leía, y también otros tradicionales de dragones y héroes. O los cuentos que escribía en Córdoba Laura Devetach, o en Buenos Aires María Elena Walsh.

Eran tiempos en que los chilenos habían elegido un presidente para hacer cambios, para que hubiera menos desigualdad y que la vida fuera mejor para todos. Por eso lo aislaron, desde afuera y desde adentro ese gobierno tuvo enemigos.

Lo cierto es que ya no llegaban las revistas mexicanas, y en su lugar se imprimían otras, recuerdo que la editorial se llamaba Quimantú. Eran cuentos extraños, no había escenas de violencia, porque algunos pensaban que en una sociedad que estaba cambiando para vivir en paz los cuentos no tenían que traer escenas de golpes, de gente o personajes muy malos que atacaban a otros. Se decía que el pato Donald estaba lleno de personajes violentos, que no eran un buen ejemplo para los niños.

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