El zorro estaba enamorado del silbo de la perdiz.
Trataba de imitarlo en toda forma, pero sólo le salía un soplido ridículo, y en cuanto se descuidaba, se le escapaba su grosero ¡cuac!, ¡cuac!
Resolvió pedirle a ella misma que se lo enseñara.
¿Cómo haría, con el miedo que le tienen las perdices al zorro?
Un día se encontraron en un caminito del campo.
La sorpresa de la perdiz, que ya se veía en los dientes del zorro, fué grande cuando oyó que le decía:
-Comadrita, ¡que bien silba Ud.!¡Cómo podría hacer yo para aprender su silbido?
-Puede coserse la boca, compadre, -le contestó tímidamente.
-Estoy dispuesto a hacer lo que sea necesario. ¿No podría hacerme el favor de cosérmela Ud. misma?.
-->