la liebre blanca y los ochenta y un hermanos - leyenda de japón (*)
En los tiempos primitivos del Japón, gobernando en aquel país el emperador Yinmu Tenne, primer soberano humano, había en el reino ochenta y un príncipes, todos hermanos gemelos.

Los ochenta se parecían unos a otros como gotas de agua; tenían el mismo carácter díscolo y rebelde y eran soberbios y orgullosos. Con la ambición de reinar cada uno solo en el país, vivían en continuas luchas y discordias, imaginando todos los medios posibles para vencer cada uno a sus hermanos y desembarazarse de ellos, traicionándose continuamente para el logro de sus locas ambiciones. Tuvieron la desgracia de enamorarse los ochenta hermanos de la misma princesa, Yakami-Ynaba, y para conseguirla se valían cada uno de todas las intrigas y embustes posibles, a fin de desbancar a los setenta y nueve rivales y lograr enamorar a la bella princesa.

Después de continuas luchas, convertidas en batallas campales, decidieron los ochenta hermanos ir a ver al objeto de sus amores, llevándole todos ricos obsequios para que ella escogiera entre los jóvenes.

Había un solo príncipe que no se parecía en nada a sus ochenta hermanos; era sencillo, de buen corazón y sin ambición alguna. Vivía alegremente, sin participar en las luchas de sus orgullosos y soberbios hermanos. Al tener noticia de la expedición que iban a emprender para visitar a la princesa, les pidió que le dejasen ir con ellos, no como otro aspirante a su mano, sino como un criado, encargándose de llevar los regalos y ropas de sus altaneros hermanos.

Se pusieron todos en camino, y el hermano bueno y sencillo, cargado con el enorme peso, tenía que aminorar la marcha, quedándose rezagado y solo, mientras los demás corrían ágilmente, impulsados por la ilusión de encontrar a su amor.

Llegaron los ochenta hermanos al cabo de Keta, y allí hicieron escala para descansar. Cerca de ellos vieron a una liebre que parecí dormida, y, acercándose a recogerla, encontraron que estaba medio muerta y toda pelada. Se divirtieron a costa de ella y se burlaron del lamentable estado del pobre animal, que tendría posiblemente cerca de mil años. Al emprender de nuevo la marcha, se despidieron de la liebre diciéndole:
- Si quieres que te vuelva a crecer el pelo, báñate en el mar, y después sube corriendo a la cumbre de un alto monte para que te dé la corriente del viento, y verás qué hermosa te pones.

La liebre obedeció, y con la ilusión de recobrar su hermoso pelo blanco, llegó al mar, se bañó en sus olas y luego escaló una alta cumbre, poniéndose en el lado que más azotaban los vientos. Pero pronto sintió que su piel, mojada y fría, con aquel viento, se agrietaba y enrojecía, produciéndole gran dolor y cayéndosele el poco pelo que le quedaba. Entonces se dio cuenta de que los ochenta hermanos se habían burlado de ella, ocasionándole su terrible desgracia. Humillada, y con amarga tristeza, volvió al monte, tumbándose desolada detrás de unas matas. Dio la casualidad de que por allí cerca pasaba el hermano bueno, caminando lentamente y encorvado bajo el gran peso que llevaba. Vio a la liebre sin pelo y llagada y, compadecido de ella, le preguntó la causa de su desdicha.

La liebre le refirió que vivía pacíficamente en la isla de Kíe y quiso atravesar el mar para ir al cabo de Keta. Imaginó un medio para hacer la travesía y fue llamar a unos cocodrilos y decirles que quería saber el número de ellos que había en el agua y el de liebres que había en la tierra.

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